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Alfaguara

Obras completas

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Título: Obras completas
Autor: Carlos Leon
Editorial: Alfaguara
ISBN:
Año de publicación: 2004
15 x 24 cm
731 páginas

Descripción
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Prologo de Agustin Squella

Un hombre común. Eso era Carlos León. La caricatura y en ocasiones la más cruda realidad nos tienden a mostrar a los escritores como seres atormentados e incompletos, ya sea por sus demonios interiores o sus vivencias, la influencia negativa de la fama o la dolorosa ausencia de ella, o la sensación siempre latente acerca de la inutilidad de su arte y las esquivas pretensiones de inmortalidad.

Ese lugar común biográfico no tiene aplicación en el caso de Carlos León. Abogado de la vieja clase media ilustrada que simbolizó el siglo XX, funcionario eterno, profesor universitario, casado, dos hijos, hipocondriaco, amante del boxeo y caminante sereno del eterno y anchísimo camino de la medianía durante toda su vida. Como digno hijo de su tiempo, León fue testigo de los grandes cambios que el siglo prometió y en parte concibió, y de la creciente radicalización ideológica que se apoderaría de los gremios, universidades, poblaciones y las variadas formas de asociación que por ese entonces permitían darle sentido a las cosas, soportar la pobreza o medrar del aparato del Estado.

Representante de esa clase en ascenso fue Carlos León, quien dejó una obra literaria breve —cuatro novelas cortas, un par de cuentos y algunas crónicas—, un estilo más cercano al realismo sucio norteamericano que a la floritura que caracterizaba a buena parte de la literatura latinoamericana de la época, mucho sentido del humor, una visión pesimista y realista de las cosas, y un retrato inolvidable de los ambientes de oficina, del hogar extendido y de aquellas tipologías humanas que son tan chilenas, que a veces nos queda la sensación de haber conocido a los personajes que el autor pincela en cada una de sus novelas.

En el prólogo de sus obras completas, Agustín Squella, quien fue su alumno en la Universidad de Valparaiso y lo considera uno de sus maestros intelectuales, lo retrata con un tipo enfermizo, de una inteligencia clara y basada en el sentido común, de silencios más que de palabras, y como una persona que deambuló por la vida siendo testigo mudo de todo lo que ocurría a su alrededor (“nos visitaba para estar ausente”), salvo cuando entraba en confianza con sus alumnos y comenzaba una perorata acerca de sus autores de cabecera.

La imagen que se proyecta del autor, tanto por parte de Squella como en la fotografía que sirve de portada a sus obras completas, es precisamente el punto de vista que asume como narrador, el que, ya sea en primera persona u omnisciente, es siempre un observador agudo de gestos, inclinaciones, tonos de voz y pequeños detalles que demuestran que detrás del ensimismamiento existencial del autor y de su taciturna normalidad, se agazapaba una sabiduría y un conocimiento espontáneo y sin pretensiones del ser nacional. No cuesta imaginar a Carlos León siempre alejado de los grupos y del ruido, mirando desde bambalinas, analizando cada gesto, palabra y postura, para luego formarse un perfil de cada persona y, posteriormente, darle vida al sujeto de su observación a través de uno de los personajes de su breve pero fructífera obra.

El autor no sólo era un tipo común, sino que a través de sus obras reivindica a ese mismo tipo común: el oficinista promedio, sin tormentos conocidos, participante de los debates políticos casi por inercia y desde la posición de la conveniencia, en una búsqueda permanente de la tranquilidad, ese estado de cosas tan ambicionado por el chileno medio, que convierte a la quietud en sinónimo de felicidad.

Carlos León, podría decirse, es la versión pícara y sin ambiciones de José Donoso, pues si bien este último retrató a la burguesía venida a menos desde la sordidez, la represión y la hipocresía, León lo hizo a partir de la anécdota, el humor y un exquisito y tierno pesimismo, que complementan o constituyen el reverso de la visión más oscura que nos legó el autor de “El obsceno pájaro de la noche”.

 

 

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